Por: Pascual Gaviria

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LA SUSPICACIA SE VENDE CASI siempre como una píldora escasa para encontrar los poderes de la sutileza, el antídoto contra el veneno de la candidez y la manipulación.

Sólo unos pocos tienen la fortuna de aguzar el ojo y el ingenio en busca de las trampas de todos los días. Piensan mal y aciertan, corren los velos para que los tontos despierten del letargo aunque sea por unas horas. Sin embargo, la suspicacia también puede ser una receta para llegar a los terrenos de la fábula o la alucinación, un camino para que la sagacidad toque los límites de la paranoia.

Luego de la función lacrimosa y severa de la semana anterior en torno al asesinato de un niño a manos de su padre en una vereda de Chía, cuando los noticieros de televisión dedicaron sus poderes histriónicos y sus unidades móviles a clamar justicia, a rezar, a sondear el alma del “monstruo”, a recetar remedios para nuestra sociedad y a hacer cuadros psiquiátricos durante tres días con sus noches, ha aparecido una legión de suspicaces. Por todas partes se les ve mirar con asco y malicia. Detrás del arrebato compungido y solidario en tono de reality ven un engaño patente, un interés por esconder escenas aún más macabras, pecados del régimen.

La última columna de Antonio Caballero en Semana puede servir de paradigma para los lúcidos mal pensados: “¿Qué será lo que oculta esta vez el despliegue inusitado de los noticieros?”, se pregunta poco antes de concluir que no puede ser casual la elección unánime de un taxista como “chivo expiatorio de todos los pecados del pueblo de Colombia”. La columna deja flotando una sospecha en particular: tal vez toda esa bulla no sea más que un intento para que las ejecuciones de los jóvenes de Soacha y de otras regiones del país pasen a las últimas páginas de nuestras urgencias noticiosas.

Me perdonarán mi ingenuidad, pero creo que esa teoría de la conspiración mediática desdeña posibilidades más sencillas e incluso más frívolas. Los canales privados no pueden resistir su gusto por el melodrama, se dejan llevar, piensan que es hora de conmoverse y se conmueven. Sienten que han unido al país en torno a una causa inaplazable y sufren una especie de síndrome de Teletón. Muy pronto se crea un círculo vicioso en el que la audiencia entre más información tiene más información pide. El público está ávido de detalles y los noticieros están ávidos de público. Los expertos hablan del “efecto de la víctima identificable” y saben que en todos los países del mundo una tragedia con un niño con un nombre y una foto desata una fiebre contagiosa.

Los ejemplos sobran. En 1987 una niña llamada Jessica McClure cayó a un pozo cerca de su casa en Texas. A los pocos días los medios habían recogido 700.000 dólares en donaciones. También Colombia tuvo su niño del pozo. En 1980 Nicolasito logró poner al país entero a rondar ese maldito hueco en El Cerrito, en cercanías de Pereira. Fausto compuso una canción, Jimmy Carter llamó a ofrecer ayuda, Ardila Lülle puso su helicóptero a disposición, Darío Castrillón intentó ayudar por medio de la línea directa con el mismísimo Papa. En 2003, Alí Abbas, un niño huérfano y amputado a consecuencia de los bombardeos sobre Irak, logró movilizar las cámaras y las billeteras en toda Europa.

La teoría que intenta dividir al país entre una mayoría de tontos de solemnidad y una minoría atenta de perspicaces es una fábula vieja, un mecanismo que intenta poner en manos de un régimen malvado todas las extravagancias de los medios y todas las manías humanas.

 

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